-No se escribe dos veces Rayuela-, te decía, mientras “Tocaba tu boca, con un dedo tocaba el borde
de tu boca, iba dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez
tu boca se entreabriera, y me bastara cerrar los ojos para deshacerlo todo y
recomenzar”, y tú me preguntabas cuando iba a dedicarme a la literatura. -Realmente
nadie termina de leer Rayuela-, Me
decías, para disculparte por no entenderme y “Me mirabas, de cerca me mirabas, cada vez más de cerca y entonces
jugamos al cíclope, nos mirábamos cada vez más de cerca y nuestros ojos se
agrandaban, se acercaban entre sí”, Practicamos el capítulo 68 unas tres
veces, y unas muchas noches del capítulo 5 al 8. Los días pasaron y las 728 hojas del libro se consumieron en un
mes o un año, las medidas del tiempo siempre dan igual. Mientras tanto, el amor
se volvió armillas de espinas entre nuestros dedos que no pudimos soportar. Los
labios perdieron el color, los ojos estaban secos, los cabellos despeinados. En
las mañanas nadie despertaba a colocar detalles amarillos en nuestros corazones
y en las noches la cena no estaba tan caliente como nuestro paladar lo podría
recodar. Las pizzas napolitanas ya no saben a pizza napolitana. Me llamas después
de un tiempo a cuestionar mis formas de olvido, pero el razonamiento ya conoce
la actuación consecutiva de los sentimientos. Discutes el por qué te convierto
en poemas tristes que están haciendo fila para desaparecer como lo has hecho
tú, mientras caminas y sonríes como si nada hubiera pasado y te ríes de mi voz
que llora y solo puede decir “hola”, ya he dicho todo lo que no tengo que decir
y hacer. Ya te dediqué en silencio todas las canciones de rock que no has
escuchado. Tienes razón, Comencé a
temerle a tu partida desde el día en que agarraste mi mano y le disté un beso.
Y tú que me dijiste que no debía
tenerle miedo al amor.